EL LUTERANO

¿Quién fue el Luterano de Riobamba? Se dice que Sibelius fue un humanista dolido por la situación de esclavitud y miseria que soportaban nuestros indios, los atendía con medicinas naturales y consejos lo que le valió el aprecio de este grupo desposeído que lo bautizó como “Padre blanco”.

Al parecer todo era bueno para este hombre, pero su inasistencia al templo, el distanciamiento con todo lo religioso dio espacio a que la Iglesia de la época, oscura e ignorante, juegue hábilmente con el apellido del médico y de Luther lo trasforme en Luterano, mordaz calificativo que hacía alusión a Martín Lutero el sacerdote desertor de la Iglesia Católica que promovió la llamada Reforma y que para la época significaba similitud con el mismo demonio.

La silla del Cementerio

En el cementerio de Riobamba, existe hasta el día de hoy, una silla, que cuenta una historia que solo algunos conocen; es la historia de un amor que el tiempo y la muerte no pudieron borrar. Hace muchos años ya, una pareja de extranjeros, llegó a la ciudad de Riobamba. Eran unos esposos que cumplían una misión de ayuda social. Los dos compartían su amor y dedicación por causas nobles; eran jóvenes, felices y se amaban con sinceridad, parecía que todo era perfecto en su vida. Sin embargo, no duro mucho esta alegría.

Elizabeth empezó a sentirse agotada y al paso de poco tiempo empeoró. Su vida se consumía con rapidez, ante la desesperación de su esposo Jozef, que hacía todo lo posible por mantenerla viva. Pero no lo logró.

La esposa del duende

 Una vez, hace mucho tiempo, una joven salió de casa a lavar ropa en la chorrera de costumbre: la funesta. Aquella caída de agua era la misma en la que se había aparecido un hombrecito de sombrero grande, cinturón ancho y botas sucias. No era otro sino el Duende, entre quienes lo conocían, aquel personaje singular tenía mala fama de conquistador, pues su costumbre era llevase a las jóvenes más bellas y vírgenes de Chambo. 

Aquel día, mientras enjuagaba un saco, la muchacha desapareció. Su angustiada madre la buscó por todo el pueblo, luego por toda la villa, y solo desistió de su empresa cuando los emisarios que mandó a Pasto regresaron con el rabo entre las patas.
   Algún tiempo después, la madre estaba sentada junto a la chorrera pensando en su hija, como solía hacerlo a veces, después de la desaparición. De pronto, como un espectro de carne y hueso, ella se presentó frente a sus ojos. La muchacha llevaba un bebé en brazos, además, la pequeña mano de otro niño le sujetaba la falda mojada. 

   La señora sintió que le regresó el alma al cuerpo por un instante, mas, antes de que pudiera preguntarle nada, del interior de la chorrera salió el Duende, estaba muy enojado, exigiendo que su esposa regresara de inmediato a casa. 

  – El Duende se llevó a mi hija – declararía más tarde la señora, primero ante todo el pueblo, y más tarde, cuando ya casi nadie se acordaba, ante todo aquel que le hizo el favor de escucharla. 

  Los forasteros nunca le creían, pero los vecinos sabían que la señora decía la verdad, pues, por esos años, más de uno vio a la esposa del Duende lavando ropa en la chorrera. Su madre nunca más habría de volver a verla.

La loca viuda

El inicio de esta leyenda urbana se remonta a la época republicana cuando la ciudad de Riobamba era alumbrada por rudimentarios faroles que apenas competían con la luz de las velas. La luna llena completaba el ambiente propicio para los aparecidos y cuentos tenebrosos.

El protagonista de esta leyenda es Carlos, uno de los tantos bohemios que gustaba embriagarse en las cantinas y no desaprovechaba la oportunidad de tener un desliz. Una de aquellas noches de juerga, al dirigirse a casa, se encontró con una extraña mujer vestida totalmente de negro y con una mantilla que le cubría el rostro, que le hizo señas para que la siguiera.

Carlos, sin pensarlo dos veces, fue tras de la coqueta dama a lo largo de varias callejuelas oscuras. Al llegar a la Loma de Quito, el ebrio le dio alcance.

–      “Bonita, ¿A dónde me lleva? dijo.

Sin dar más explicaciones, la mujer dio la vuelta y Carlos recibió uno de los impactos más grandes de su vida porque vio que la cara de la mujer era la de una calavera. De la impresión, Carlos cayó pesadamente sobre el suelo mientras invocaba a todos los santos. Logró levantarse y emprendió la carrera de regreso a casa. Al llegar, el hombre encontró el refugio en su devota esposa Josefina. Entendió que la visión fantasmagórica era el castigo por tantas infidelidades y desde entonces se dedicó santamente a su hogar.

Lo que Carlos nunca se enteró que su esposa estuvo detrás del “alma en pena”. ¿Qué había sucedido?. Después de muchas noches en vela, Josefina se armó de valor para castigar las continuas infidelidades de su cónyuge, por lo que una vecina le aconsejó darle un buen susto, para el efecto le prestó una careta de calavera y le recomendó vestirse de negro. Sin estar segura, pero motivada por su amiga, la señora decidió hacerlo. Una noche oscura, se trajeó de negro, se puso la careta y se cubrió con un velo. Lo sucedido después, ya es historia.

La loca viuda fue el remedio para los caballeros que abandonaban el hogar por una conquista galante. Los años pasaron y aún dicen que la loca viuda se aparece en las noches.

EL DESCABEZADO DE RIOBAMBA

Era domingo por la mañana. Habían pasado apenas veinticinco años del reasentamiento de Riobamba en la llanura de Tapi.

El pueblo despertó alarmado con la noticia de que la noche anterior, un jinete sin cabeza había cabalgado por las polvorientas calles de la nueva ciudad. Más de uno lo había visto. Por esos días, las guerras de independencia estaban latentes, de modo que cuando se escuchó a las doce de la noche el golpeteo de las herraduras lejanas, creyeron que era algún mensajero perentorio, con noticias frescas de la revolución, pero cuando abrieron los ventanales salpicados de barro, se encontraron con la sorpresa de un jinete vestido de sombra, que galopaba temerario bajo la luna nueva. Su caballo, botas, pantalón y poncho se confundían con la noche.

Paralizada habría de quedar Riobamba, cuando los fisgones descubrieron que aquel personaje misterioso estaba descabezado, y agregaron muertos de miedo, que sin lugar a duda, era el espíritu de algún prófugo de ultratumba.

EL CURA SIN CABEZA

Había un sacerdote al que le gustaba salir con varias mujeres después de concluir sus misas

El sacerdote siguió saliendo con varias muchachas solteras, hasta el día de su muerte. Se dice que a su funeral no acudió nadie, salvo el sepulturero. Cuando el enterrador comenzaba a echar la tierra sobre el ataúd, la tapa de éste se abrió, permitiéndole ver que aquel cuerpo no tenía cabeza.

El hombre terminó de hacer su trabajo y luego se dirigió a una cantina en la que les relató a los asistentes lo sucedido. De inmediato hubo quienes afirmaron:

De seguro fue el demonio el que se llevó su cabeza al infierno.

Desde ese momento, el cuerpo del cura vaga por las noches con la esperanza de recuperar su cabeza.

EL DESCABEZADO DE RIOBAMBA

Todo inicia en la hermosa ciudad de Riobamba, después del terremoto siniestro de 1797 que obligó a la población a trasladarse de la villa a Tapi en el sitio llamado Aguaisate a inicio de 1799, una ciudad que empezó a desarrollarse de a poco, ya que el miedo y la angustia que generó el haber vivido un desastre natural de esta magnitud, en la que se perdió a lo más preciado, sus seres queridos y el esfuerzo de toda su vida; aún estaba en sus mentes las desgarradoras imágenes de niños, abuelos, mujeres… enterrados en los escombros, sus casas en los suelos, sus animales muertos.

La mayoría de la gente en esa época se refugió en la fe católica y clamaban misericordia divina para que todo pase y les permita seguir adelante; pero mucha gente se abandonó a sí misma, pues se dice que “vagaban aturdidos sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse”, por otra parte, el impacto psicológico en la población fue grande; la desolación de algunas personas llegó al extremo de que muchos dejaron de preocuparse de sí mismos, lo abandonaron todo y no querían vivir.

Las nuevas casas se asentaron sobre la base de una buena administración, se logró un buen trazado de las calles en manzanas cuadriculadas, todo el reasentamiento fue paulatino y lento, se construyeron los edificios del Cabildo, los templos y conventos y el vecindario se fue extendiendo con viviendas de tapia, adobe o bahareque, que era lo único que permitía la desgastada economía de la población. La mayoría de la nobleza se estableció en la nueva villa edificando sus casas solariegas, aunque algunos prefirieron trasladarse a poblaciones cercanas.

Varias personas lo habían visto en esa noche tenebrosa, era la época de la independencia, en la que las ciudades no duermen con tranquilidad, la gente descansa con un ojo prendido en el mínimo movimiento y sonido que circunda a su alrededor, por la expectativa de las nuevas guerras…, pero cuando escucharon el sonido estruendoso de las herraduras del caballo en las piedras de las calles de la ciudad colonial a media noche, la hora de embrujos y de almas en pena, la gente se levantó de un brinco de sus camas acercándose a las ventanas, creyeron que llegaban las malas noticias con algún mensajero perentorio que traía noticias frescas de la revolución enviadas para el Corregidor, que no era un cargo de tiempo de guerra sino de paz.

Pero cuando abrieron las ventanas que estaban salpicadas de barro, se encontraron con la sorpresa: un jinete vestido de sombra y lúgubre que galopaba precipitado por la luna nueva: caballo negro, botas afiladas de cuero, pantalón negro, poncho que se confundía con la noche. Todos se quedaron paralizados de terror, lo que veían no era cosa de este mundo… era un alma en pena condenada a vagar por el mundo redimiendo su culpa.

Los que miraron este acontecimiento, no podían quitar de sus mentes la escena estremecedora de un jinete erguido sin cabeza en un caballo negro, le cubría su cuerpo un poncho negro como el caballo, una imagen que dejó paralizado a más de uno. Los habitantes de la ciudad se ocultaban muy temprano en sus casas para no chocarse otra vez.

Cada día a partir de ese momento, todos los riobambeños hablaban del horror que pudieron ver algunas personas.

Vecina: Buenos días vecino ¿qué le parece lo que sucedió ayer?

Vecino: Créame vecina, ayer casi me muero del susto, vi a un hombre sin cabeza montado en un caballo, parecía alguien de ultratumba.

Vecina: Pero cuénteme detalles vecino, me va a dejar con ese pendiente…

Vecino: Vecina, una cosa es haberlo vivido y otra muy distinta conversar lo que sucedió, solo al verlo parsimonioso y firme en su caballo me heló el cuerpo, mi corazón latía a millón, las manos me sudaban frío…¿Cómo puede ser algo así?

Vecina: ¿Y qué se supone que hace aquí en nuestra ciudad?

Vecino: A lo mejor estuvo en el purgatorio y vino a redimir su culpa…

Vecina: Si es así vendrá por alguien o algo… Qué miedo vecino, mejor me voy.

El sábado fue su primera aparición, el sábado siguiente se volvió a repetir y así todos los sábados… estas apariciones tenían a la población de Riobamba aterrada y con el alma en un hilo, ya fue un pueblo que sufrió mucho, primero un terremoto, luego las guerras de independencia, ahora esto.

Hasta cuándo!, decían a Dios, podrán soportar tanta incertidumbre…

Transcurrieron los días, y las historias del descabezado de Riobamba se contaban en cada esquina, y los hombres a quienes no les gustaba el encierro, lo seguían viendo. Sobre todo los bohemios que no soportaban el encierro del sábado sin alcohol, los viajantes infortunados que regresaban al asentamiento de San Luis luego de la jornada de trabajo, y los desvelados que no podían dominar el vicio de mirar por la ventana.

Pero en general, cuando llegaba el sábado por la noche, la gente atemorizada, se encerraba en las casas de adobe y teja, con el gran portón de madera clausurado con la tranca y picaporte por dentro.

Las especulaciones sobreasaban la realidad, unos decían que era el alma en pena de algún decapitado en la guerra, otros que venía a vengarse del mundo descabezando a todo aquel que encontrara a su paso.

Otros más extremistas, creían que los curas, de alguna forma, debían tener la culpa, porque las misas ofrendadas para rogar por la santa alma del descabezado, no habían servido sino para llenar las arcas de la iglesia.

Otros que los curas mataron a muchos niños y mujeres y la Iglesia no les perdonó; en fin, la figura emblemática del terror seguía apareciendo sin falta cada semana.

Llegó el día tan esperado, era un sábado despejado, lleno de estrellas y alumbrado por la naturaleza, tanto que se podía ver la belleza del hermoso nevado Cubillines, que se encuentra en el cantón Chambo a 13 km del parque central de la cabecera cantonal, nevado cuya cumbre es irregular, ubicado en la cordillera oriental de los Andes, dentro del área establecida del Parque Nacional Sangay; en el trayecto se puede apreciar un espectacular paisaje, un ambiente de armonía y completa paz, rodeado de vegetación típica de páramo.

Retomando la escena fundamental, en el barrio de Santa Rosa, frecuentado por el Descabezado, dos jóvenes que vivían frente a frente se encontraron por casualidad, los dos eran valientes vecinos, a uno de ellos se le conocía como astuto, era joven y delgado con cabello negro, piel morena y manos delgadas, pero con una mirada penetrante y perspicaz; el otro joven con unos años más que su amigo, pero con mirada tranquila y personalidad que reflejaba pasividad, eran el equipo perfecto para concretar la captura del fantasma que asustaba a los riobambeños. ¡Todos son cobardes! Nosotros no y les vamos a demostrar cómo se caza fantasmas.

Vecino astuto: Para mí, que es un hombre que está vivito y coleando que no engaña a nadie…

Vecino, tranquilo: Pero si fuera verdad que es un fantasma que está penando y nos atrapa y nos lleva con él ¡Qué!..

Vecino astuto: Ya estoy cansado de ocultarme todos los sábados, para remediar esto he creado un plan y así desenmascarar al descabezado impostor.

Vecino tranquilo: Cuénteme todo… que estoy impaciente, yo le ayudo.

Vecino astuto: Vamos a ponerle una trampa para que se tropiece, si es humano se va al suelo, si es un espectro se va volando… ¡Oh! Y nos lleva con él.

Vecino tranquilo: Me agrada la idea, pero al mismo tiempo me espeluzna, me da miedo… Nos puede ir cargando a la quinta paila del infierno.

Vecino astuto: No sea flojo, para que le pase el susto, le invito un trago y así me ayuda como se debe.

Vecino, tranquilo: Bueno, esa es otra cosa-dijo- Por lo menos de chumadito no ha de doler cuando me lleve el Descabezado. Luego de la tertulia, fueron a la plaza a comprar los materiales para la operación cacería del Descabezado de Riobamba. Compraron una soga larga, una poma de trago de contrabando y tabacos cerreros para acompañar al fuerte. Serenieron los vecinos, bebieron hasta que la valentía se apoderó de los dos, el miedo les pareció tan pequeño que cabía en la palma de su mano; conversaron de todo, de la vida, de las vecinas y del jinete sin cabeza.

Se imaginaron tantos escenarios, todos tan distintos y disparatados, que cerca de las doce de la noche, la inagotable fuente de inspiración se agotó. Fueron a templar la soga en las ventanas de cada vecino, calcularon más o menos la altura del pecho del decapitado. Las casas de Riobamba, que en su mayoría eran bajas, ofrecían grandes facilidades para la ejecución de la trampa.

Finalmente, revisaron una y otra vez para que no vaya a fallar su plan.Estaban preparados para la operación, sin embargo, lo que les sostenía era la borrachera que se empinaron… Eran ya las doce de la noche y empezó la típica bulla del jinete sin cabeza, la gente del pueblo, horrorizada, no se atrevía ni a ver por la ventana, se aplastaban las almohadas en la cabeza para no escuchar y no
ver a los jóvenes muertos o llevados a quemarse en la quinta paila del Diablo…

La oscura noche se apoderó de ese momento, los jóvenes estaban escondidos en la sala del vecino astuto, de pronto el Descabezado pasó frente a sus casas, pero él se percató de algo inusual…, y picó al caballo que apretó a correr; sin embargo, el cabestro estaba templado, y el
jinete chocó brutalmente de pecho, con la velocidad que iba el animal, tiró de espaldas al Descabezado, los jóvenes no sabían si reír o llorar y apresaron a la supuesta alma en pena.

Allí vieron al infeliz ahogándose en el poncho, quejándose por el dolor de los golpes. Los jóvenes le quitaron la vestimenta que tanto pánico generaba en los riobambeños, comprobaron con sorpresa que era el cura de San Luis, él, abochornado trató de justificarse indicando que hacía mucho frío y se tapó la cara para no agriparse, trató de disculparse pero el sacerdote seguía rojo de vergüenza.

Antes de entregarle a las autoridades, los jóvenes vecinos se escaparon con el cura a la cantina, en donde les confesó su amor irracional por una mujer santarroseña. El amor y la pasión lo habían perturbado tanto, que el único camino que encontró para consumarlo, fue cubrirse el rostro y aparecer como espectro, porque la sociedad riobambeña asimilaba mejor la idea de un descabezado vagabundo, que la de un cura enamorado.

Esta historia termina a la mañana siguiente de haber descubierto la identidad del jinete, era voz populi en Riobamba que ya no aparecería el fantasma del jinete sin cabeza, mientras que la gente murmuraba en secreto, que el fantasma era de carne y hueso y era el Doctor de la Pedrosa, cura del Asiento de San Luis.

Desde entonces los riobambeños son muy valientes para eso de apariciones y almas en pena, no comen cuento, son como Santo Tomás Apóstol,-ver para creer-.

MAGDALENA DÁVALOS

LA MUSA FRANCESA

Hace mucho tiempo sucedió un acontecimiento que cambió el rumbo  de la humanidad  y que tuvo la participación de importantes personajes riobambeños.

¿Quieres saber qué sucedió?

Dice la historia que hace muchos, muchísimos años, en el corazón del Ecuador, bajo el frio del Chimborazo coronado de nieve, llegaron a nuestro territorio, varios científicos con la misión de descubrir la verdadera forma de la tierra y por eso vinieron a medir el arco del meridiano. Esta expedición se llamó la Misión Geodésica y estaba al mando de un francés que se llamaba Charles Marie de   La   Condamine,    le   acompañaron    también ayudantes españoles y un ecuatoriano,  su tarea  era determinar con precisión el lugar por donde pasaba la Línea  Equinoccial. Sus  mediciones  permitieron además establecer el Sistema Métrico Decimal que se utiliza en el mundo entero. En  fin parece  ser que  su estancia en nuestro país demoró más de lo previsto, y a los expedicionarios les resultaba  muy  difícil permanecer  en  estas   tierras andinas , así que  durante su larga estadía, mientras realizaban   las  actividades  para   las  que   fueron encomendados, recibieron ayuda de religiosos jesuitas y también de familias acomodadas de la época.

Fue entonces que un día, Charles Marie de La Condamine,en una de sus visitas a estas familias, llegó a la hacienda Los Elenes, cerca de Riobamba. Este lugar era la morada de la familia Dávalos Maldonado, una preciosa estancia donde todos los días, quienes la habitaban se preocupaban de cultivar en ella las ciencias, las artes y las letras.

Por esto los esposos Dávalos- Maldonado educaron a sushijos en un ambiente espiritual, rodeado de una formación cultural y artística, tenían en la casa una enorme biblioteca y una abundante mapoteca, donde se aprendía geografía, pintura, música, lenguas y ciencias.

Para estos sabios franceses frecuentar la casa de don José Dávalos era un privilegio, puesto que no habían encontrado un sitio tan extraordinario como este, dicen que la familia tenía libros en francés, y que él, sin hablar esta lengua les había enseñado a sus hijos a dominarla. En una ocasión, Magdalena la cuarta hija de la familia, causó gran sorpresa entre los sabios franceses cuando la vieron traducir a Moréri en cualquier parte y pronunciar correctamente en español todo lo que leía a primera vista en francés.

Esta joven desde pequeña demostró su talento para las artes, solía pasar su tiempo en un taller donde ejecutaba obras delicadas de escultura y pintura, también tocaba varios instrumentos y según dicen esta imponente y brillante joven, tenía una voz que era a la vez furibunda, afectuosa y sutilmente femenina.

La “Musa francesa” como la llamó La Condamine, era una mujer con carácter, de aspecto elegante y distinguido, de piel clara y cabellera larga, que con el pasar del tiempo se convirtió en una dama de gran cultura, y a pesar de vivir en una época donde la formación educativa de la mujer era muy precaria, su admirable personalidad, su gran erudición, sus cualidades artísticas y su sólido conocimiento en francés, la hicieron distinguirse como una mujer independiente y admirada en la sociedad ecuatoriana. Resulta ser que en aquel entonces, la Real Audiencia de
Quito había conformado un organismo cultural que promovía el pensamiento ilustrado y el nacionalismo, se debatían en esta entidad los problemas que afrontaba nuestro país en ese entonces, y estaba constituida por miembros de varias ciudades; el nombre de este organismo era Sociedad Patriótica de Amigos del País o Escuela de la Concordia.

Lo cierto es que en una reunión mantenida dentro del gremio se resolvió que la señora Doña Magdalena Dávalos, una de las mujeres más cultas del siglo XVIII debía ser declarada integrante de la Sociedad, y no como “Socio de número” sino como “Supernumerario”.

Era común escuchar, a los miembros de la sociedad de
antaño murmurar:

  • Es un honor para Riobamba, indiscutiblemente, la inclusión de esta mujer en la lista de esta Sociedad.
  • Es así que su contribución tuvo una dimensión nacional y proyección internacional, y Magdalena Dávalos además de pertenecer a la Sociedad de Amigos del País fundada por Eugenio Espejo en noviembre de 1791, fue una pieza fundamental en la
    Misión Geodésica.
    Además de destacarse como mujer sagaz, amante de la literatura, el canto y la música, se la recuerda por su generosidad, es mentora de su único hijo José Antonio
    Lizarzaburu.
    Don Juan de León y Larrea al hablar de ella se expresaba de este modo: “Quién como Lizarzaburu ha recibido mejor educación? Su grande madre, más que grande por sus virtudes, por su ciencia, por su asiduo trabajo, por su gobierno doméstico, hubiera merecido
    que le multiplicasen estatuas.
    Esa, de quien hubieran podido aprender sabiduría y virtud las más de las capillas y bonetes de nuestra provincia. Esa, que con una profunda humildad sabe disimular lo que sabe y lo que vale. Ella es la que en el taller de sus instrucciones formó a Lizarzaburu y sacó un hombre acabado en obrador tan precioso».

La muerte de la “Musa francesa” aconteció el 8 de enero de 1806, en su propiedad querida de Elén, «oleada y sacramentada», como se acostumbraba decir. Fue enterrada en la iglesia de San Francisco, en Riobamba, con todos los sacramentos de Penitencia, Eucaristía y Extremaunción.
Su memoria está intacta en la ciudad de Riobamba, una de sus más importantes escuelas y una calle lleva el nombre de Magdalena Dávalos.
Nuestra ciudad aún la recuerda y aunque han pasado varios años, Magdalena Dávalos habita en la bella Sultana de los Andes, iluminando el cielo y sus históricas calles con destellos de arte, ciencia y cultura.

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