EL CHUZALONGO

Según cuenta una leyenda andina, en las tierras de San Juan en la provincia de Chimborazo, allí en plena cordillera de los Andes, hay una hermosa laguna de aguas cristalinas que algunos dicen está encantada. Cerca de la laguna conocida como Yanacocha (charco negro) donde habitan pajonales, lupinos, patos, y enormes frailejones de flores amarillas que ostentan su belleza moviendo sus alargadas y peludas hojas al sonido del agua y la neblina; internado en estos fríos páramos alfombrados con verdes musgos, mora un pequeño hombrecito con apariencia pícara.

Dicen los indígenas que habitan en el Chimborazo, que este personaje se oculta tras la neblina grisácea del páramo, donde la niebla confunde y mezcla las formas y los colores; comentan también, según las huellas que ha dejado a su paso, que es un hombrecito de baja estatura, con el cabello largo y “sucu”, que tiene una deformidad en una de las extremidades, el pie al revés, y el talón en lugar de los dedos. Por lo tanto, dicen: – “¡como venir se va!”; por eso nunca se sabe si está cerca o lejos de uno. Algunos cuentan que además tiene una característica especial,
posee largo el cordón umbilical. Otros afirman que es un pene enorme que lleva cargado a la espalda, y según la mayoría de los informantes este pícaro personaje es hijo del urcu-yaya y la urcu-mama, o hijo del cerro, su nombre es: el Chuzalongo. En estas tierras donde merodea el Chuzalongo, el cultivo de la “Pachamama” o Madre tierra es fundamental para los habitantes, ellos celebran la fiesta del Killa Raymi o Fiesta de la Luna; le agradecen por la fertilidad y la feminidad, y por eso la siembra se convierte en una invocación espiritual donde la tierra recibe las semillas y las hace fecundar.

Resulta que por estas fechas los habitantes de estas tierras empezaron a tejer rumores en torno a las supuestas apariciones del Chuzalongo, y conscientes del peligro de un posible encuentro con este ser, advertían, especialmente a las mujeres de la comunidad, que no salieran solas por el páramo. Sin embargo, un día, una muchacha salió muy temprano de su comunidad para quemar la paja del páramo, con el fin de alimentar al ganado con los rebrotes tiernos, tal cual les había ordenado el capataz de la hacienda y además para preparar la tierra para la siembra. Su abuelo le había advertido que no saliera sola; pero a pesar del pedido del abuelo, la muchacha, a escondidas se adentró por el espeso páramo. Cuando llegó al lugar que le habían indicado, notó que a su alrededor no había otra cosa sino pajas bamboleantes, conejos y aves asustadas; entonces sacó de una pequeña shigra multicolor una vela de cebo y varios fósforos; se disponía
a encender el fuego, cuando de pronto ¡Alguien le tocó el hombro!, al regresar a ver, no había nadie; estaba paralizada del miedo, se puso de pie, inspeccionó cada espacio a su alrededor, pero nada vio, y nuevamente trató de encender el fuego.

Esta vez sacó de su shigra un papel seco para agilitar la tarea, pero cuando alzó la mirada, un hombre pequeño que vestía un poncho, una shigra y un gran sombrero estaba parado frente a ella con una sonrisa encantadora.
-¡No quemes a la Pachamama!, – le dijo, e inició una interesante conversación con la muchacha, ganándose su confianza desde el primer minuto. Fue largo el tiempo de tertulia entre los dos, a la muchacha le gustó tanto la compañía del extraño ser que, cuando empezaron a jugar de manera espontánea, se le olvidó por completo el motivo que le había traído hasta ese lugar, y tanto fue su regocijo que se quedó dormida.
Al día siguiente, en la choza de la muchacha, los padres notaron que su hija no había llegado a la
casa, perturbados y angustiados salieron a buscarla, pero no encontraron rastros de ella, buscaron por toda la montaña, preguntaron en el pueblo, nadie la había visto. ¿Cómo era posible que aquella desapareciera como si se la hubiese tragado la tierra?. ¿Se la habría comido el cerro? – se preguntaban desesperados.

Cuando de pronto, bajando por el sendero que conduce a la montaña, apareció la joven con una sonrisa diferente dibujada en los labios y una mirada resplandeciente que a sus padres les parecí extraña. Ella nunca les contó lo sucedido, pero la noticia no tardó en extenderse con vehemencia por toda la comunidad; los padres de la joven convencidos de que algo iba mal, llevaron a la joven para que fuera purificada con agua helada, ortiga y cabestro. Sobre la tarde fueron a quemar el páramo, y la encerraron en la choza custodiada por los vecinos durante un buen tiempo.

Pasados varios meses de lo ocurrido, mientras la cebada y el trigo maduraban en el Chimborazo, y los páramos se pintaban de amarillo, cuando las plantas se levantaban fuertes, robustas y los granos alcanzaban un gran tamaño; la comunidad daba gracias por la fertilidad de la Pachamama, cantando el Jahuay y bebiendo chicha de jora. La indignación de la familia de la muchacha también se acentuaba por lo sucedido porque cuando llegó la época de cosecha, el vientre de la muchacha creció de manera imparable.

Se rumoraba por el pueblo que por ese tiempo, mientras los padres de la muchacha se esforzaban por hallar el modo de encontrar al responsable de la deshonra de su hija, de repente el páramo se tornó misterioso y turbio. Entonces los días se enrarecieron y dicen que al caer la noche, el enano del gran sombrero, poncho y shigra, rodeaba la choza de la muchacha y luego desaparecía. Pocos días después, el Chuzalongo dejó de acechar la choza y en su lugar se oyó el llanto de un niño.

Los habitantes todavía recuerdan esta leyenda que sus abuelos les contaron cuando eran niños y que va pasando de generación en generación. Según cuentan, cada vez que se acerca la fiesta de la fertilidad en las faldas del Chimborazo, oculto en el silencio del frío páramo bajo la mirada grisácea de la Laguna de Yanacocha, el Chuzalongo espera a las doncellas del pueblo que salen solas por el paramo.

…Nadie lo ha visto, pero cada vez que nace un niño albino en las comunidades cercanas al Chimborazo, los ancianos del pueblo dicen, que este, es hijo del Chuzalongo.

EL LUTERANO

El escudo de Riobamba tiene una historia muy particular. ¿Quieres conocerla? Cuenta una vieja leyenda que por los años de 1571 a 1575, en el pueblo de Guamote, cerca de la Laguna de Colta vivía un ser con apariencia extraña. “Era un hombre alto, fornido; de cabello, barba y patillas rojizas; ojos pequeños, azules y penetrantes; nariz aguileña, labios finos y mentón saliente, la piel oscurecida por la intemperie.” . Su vestimenta era una especie de abrigo de cuero que le llegaba hasta las rodillas; usaba botas militares que le tapaban toda la pierna, y en la cabeza llevaba un gorro negro de hule sujeto por un cordón a la barbilla.

Los indios lugareños todavía recuerdan que la morada en la que habitaba tan extraño personaje, era casi tan extraña como lo era él; dicen que un día sin saber por qué, apareció de la nada dentro de la frondosidad del bosque andino una casita que ostentaba una arquitectura desconocida para los habitantes de estas tierras y junto a esta, por una de sus entradas yacía siempre tranquilo un caballo morcillo tan raro como aquellos.

Por aquel entonces, muy a menudo durante el día se lo veía merodear por las cercanías de la Laguna de Colta, acompañado de un perro, y recogiendo flores y plantas silvestres que las metía en una bolsa que colgaba de su cuello. También recolectaba mariposas, insectos y alimañas que los depositaba cuidadosamente en una caja que llevaba bajo el brazo. Al final del día y solamente en las noches de luna se lo veía remar por la solitaria laguna, en una pequeña embarcación que él mismo había construido. El extraño de la laguna tenía una relación muy cercana con los indios del pueblo, siempre estaba dispuesto a ayudarlos, con sus conocimientos en medicina, preparando remedios con hierbas, prestándoles sus brazos y dándoles consejos en los sembríos y cosechas.

Los indios lo adoraban, le besaban sus manos suplicando:¡Padre Blanco!.. …. Nunca te vayas de nuestro lado!…. No nos abandones en nuestra orfandad!…”. Sibelius Luther o el “Padre Blanco” como lo llamaban los indios del lugar, llegó desde Austria huyendo de un conflicto familiar, había sido médico en Europa y ahora ejercía su profesión con los indios, y llegó a ser entre ellos una especie de mago que remediaba todos sus males. Pero como era de esperarse, la presencia de este extraño hombre empezó a crear rumores en el pueblo acerca de su vida. Su comportamiento, a diferencia de los habitantes del pueblo, era para ellos reprochable, Silbelius Luther no asistía a las actividades religiosas, tampoco iba a la iglesia, ni siquiera a la misa del domingo; la reacción del clero y las personas pudientes, no tardó mucho en hacer eco, ligaron el apellido “Luther” que decían era el diminutivo de “Lutero” o “Luterano”, por eso empezaron a mirar con ojos de recelo a aquel extranjero que se había metido con su aspecto de apóstol, en el corazón ingenuo de los indios.

Los feligreses le tomaron antipatía porque decían que era un enviado de los sectarios de
Lutero, cuyo nombre causaba rechazo en la Iglesia Católica, la misma que combatía con gran energía a la Reforma Luterana en Alemania, porque la consideraban como una amenaza para quienes engañaban a los creyentes con respecto a la salvación de sus almas.Todas estas situaciones empezaron a manifestarse en acciones hostiles y de rechazo para Sibelius Luther. En los poblados le negaban el pan, la leche, el vino; nadie se arriesgaba a venderle un gramo de harina, ni ofrecerle un jarro de agua. Entonces él, tuvo que pedirlos como una limosna.

Un día en Guamote se acercó a una vendedora diciéndole:
— ¿Pueden darme un pan? Indignada la mujer ante tan extraño requerimiento le
respondió:
— ¿Qué manera de pedir es esa? ¿No sabéis que una limosna se la pide y se la da solo en nombre de Dios? Aturdido el doctor Luther dijo:Es que yo no pido limosna, solo he dicho que ya que no se me quiere vender los comestibles, que entonces
¡me los regalen!.
—Está bien hombre -le contestó la mujer-, pero sea prestado, regalado o vendido, solo os daré si me lo pedís en nombre de Dios. El doctor Luther mirándola con desprecio se apartó
sin decir una palabra. Ella empezó a dar gritos:
— ¡El Luterano!….!El Luterano ha blasfemado!… No quiere oír el nombre de Dios, menos pronunciarlo… ¡Es un renegado. . . . Un hereje!.. .!Está endemoniado!

Por si esto fuera poco, el Reverendo Padre Horacio Montalván ordenó que fuera expulsado de la casa de caridad en la que se había albergado, y decretó la excomunión que se llama «ad vitandum en ambos efectos» para Silbelius Luther, y para aquellos que le mostraran la más pequeña manifestación de amistad compasión. Ordenó que lo apedrearan si se acercaba a la Iglesia, cementerio, conventos y monasterios o a cualquier otro lugar considerado como sagrado. Una tarde el cura Montalván encontró al Luterano en la plaza de la iglesia y lo abofeteó; tan débil estaba el Luterano que rodó por el suelo sin corresponderle, después se levantó y le dijo al cura:
— ¡Ave agorera!… Algún día cortaré esas manos que se levantan injustas contra mí… Poco a poco el Luterano fue alejándose de la ciudad y durante mucho tiempo no se volvió a hablar de él. El pobre hombre ambulaba por los alrededores, pálido, demacrado, hambriento, con la boca sedienta, los ojos hundidos, la barba desordenada , con las ropas sucias y destrozadas; la falta de alimento y la injusticia e incomprensión de los hombres iban envolviendo su cerebro en las sombras de la locura.

Por si esto fuera poco, el Reverendo Padre Horacio Montalván ordenó que fuera expulsado de la casa de caridad en la que se había albergado, y decretó la excomunión que se llama «ad vitandum en ambos efectos» para Silbelius Luther, y para aquellos que le mostraran la más pequeña manifestación de amistad o compasión. Ordenó que lo apedrearan si se acercaba a la Iglesia, cementerio, conventos y monasterios o acualquier otro lugar considerado como sagrado. Una tarde el cura Montalván encontró al Luterano en la plaza de la iglesia y lo abofeteó; tan débil estaba el Luterano que rodó por el suelo sin corresponderle, después se levantó y le dijo al cura:
— ¡Ave agorera!… Algún día cortaré esas manos que
se levantan injustas contra mí…
Poco a poco el Luterano fue alejándose de la ciudad y durante mucho tiempo no se volvió a hablar de él. El pobre hombre ambulaba por los alrededores, pálido, demacrado, hambriento, con la boca sedienta, los ojos hundidos, la barba desordenada , con las ropas sucias y destrozadas; la falta de alimento y la injusticia e incomprensión de los hombres iban envolviendo su cerebro en las sombras de la locura.

Los hombres que estaban en la iglesia tomaron sus espadas y se precipitaron sobre el Luterano, quien cayó mortalmente herido; la empuñadura de una espada temblaba sobre su corazón, pero inexplicablemente de la profunda herida no brotaba sangre…e igual cosa sucedía con las heridas causadas por las dos espadas que tenía clavadas en la cabeza.

  • ¡Milagro!…. ¡Milagro!.. .. – decían las voces que se glorificaban desesperadas y llorosas.
  • Dios no quiere que este santo recinto sea manchado con la sangre de un hereje blasfemo!…
    Después, el cuerpo del doctor Silbelius Luteher fue arrastrado de los cabellos hasta el atrio de la iglesia, de allí lo arrojaron hasta la mitad de la plaza, sacaron las espadas de su cuerpo y ordenaron quemarlo… La gran hoguera que se levantaba trágica en la plaza, no se extinguió hasta bien entrada la noche, poco a poco iba quedando solitario el fúnebre lugar y cuando ya

quedaban solamente las cenizas, los indios llegaron portando una olla de barro cocido, reluciente, misterioso y adornado con dibujos de pájaros y flores. Un numeroso grupo de nativos hizo una extraña ceremonia fúnebre: danzas, gritos, cantos y lloros, en cada vuelta que daban en el baile echaban un puñado de tierra sobre la olla, luego la enterraron en las cercanías de la laguna, cavando muy hondo, con el deseo de que el espíritu del “Padre Blanco” se quedara con ellos bajo las aguas y saliera a bogar en el lago las noches nevadas de luna… Según dice la leyenda, a España llegó la noticia de estos sorprendentes hechos sucedidos en la América. El Monarca Felipe III quiso perpetuar la memoria de ellos, y para recordar el gran celo religioso de los riobambeños y el castigo que dieran al Luterano por su blasfemia, ordenó que el Escudo de Armas de la antigua Villa de Riobamba fuese: “Un cáliz con una hostia encima: dos llaves cruzadas y dos espadas, las cuales dejan en medio el cáliz y se juntan clavándose abajo en una cabeza de hombre”.

LA SILLA DEL CEMENTERIO

La calle España en Riobamba, es el eje principal de comunicación con el cementerio de la ciudad; los puestos de ventas de flores, la fabricación de lápidas y de ataúdes, y varias funerarias acompañan a esta fúnebre calle. Al entrar al cementerio, se observa una leyenda en latín: ‘Ecce vera aequalitas’ que en español se traduce: “Aquí todos somos iguales”. En medio de árboles de ciprés y pino, donde mausoleos con ornamentación y acabados que datan de 1920, el cementerio de Riobamba es el escenario de una serie de leyendas que se tejen a su alrededor, aquí, aparecidos y
fantasmas brotan en medio de la noche.

Hay quienes dicen que los cementerios son lugares de angustia, nostalgia y también de amores mutilados, y que es en su silencio implacable, donde se mimetizan las energías de miles de personas y se esconden acontecimientos de la vida y la muerte. … En realidad, no debemos pensar en los cementerios, como solo escenarios de pasajes tétricos, porque si aprendiéramos a sintonizar las ondas que circundan en estos lugares, y si las estatuas del campo santo pudieran hablar, seguramente se hilvanarían imágenes mentales y auditivas para contarnos historias, como aquella historia de amor que sucedió en el cementerio de Riobamba, según cuentan algunos informantes.

Dice la historia que por los primeros años del siglo XIX, el progreso de la ciudad de Riobamba
era indiscutible, esta urbe floreciente y con un sinfín de asuntos interesantes en relación con lo cultural, económico, político y social, fue el lugar preferido para un gran número de familias extranjeras. Esta condición de la ciudad ideal y casi perfecta, atrajo a una pareja de esposos extranjeros que llegaron a Riobamba con el fin de cumplir con una cruzada de acción social. Los esposos Schneidewind, Jozep y Elizabeth, de origen alemán, eran una pareja de jóvenes atractivos y de buena presencia, vestían siempre elegantes e impecables, además eran, seres humanos solidarios y altruistas; lo compartían todo, sus gustos y aficiones, amor, pasión por la lectura y sobre todo la dedicación por causas nobles.

Parecía que nada podría interrumpir estos momentos de dicha… Pero nada dura para siempre y desgraciadamente, la tragedia que estaba por sufrir aquella pareja, nadie la esperaba. Y es que Elizabeth enfermó inesperadamente y luego de luchar varios meses contra una desconocida enfermedad, murió.

A partir de entonces, el alma de Jozef quedó destrozada… ¡Ahí se quedó!, inmóvil, no podía creer la magnitud de su desgracia. ¿Cómo seguir viviendo sin ella? La verdad es que con el transcurso de los meses no menguó su dolor, lo peor es que no podía sacar la imagen de Elizabeth de su mente, y así fue durante mucho tiempo. Sintiéndose muy desgraciado, el hombre pasaba día y noche abrazado a la lápida de su mujer; aferrado a las varillas que adornaban la tumba; dicen, que todos los días el extranjero acudía hasta la tumba de su amada, y allí permanecía horas y horas, “conversando” con ella, le leía libros de poemas, tocaba la guitarra y le cantaba.

Pasó el tiempo y lógicamente por su condición de extranjero, Jozef tenía un plazo máximo de estancia en territorio ecuatoriano, sin embargo, cuando este tiempo se cumplió, él se negó rotundamente a dejar la tumba de su esposa…se preguntaba incesantemente ¿quién le esperaría ahora en su país?… ¡ya no
le quedaba nadie!. Sintió un pánico terrible y deseos de morir. Esto afectó tanto a su mente y a su cuerpo, que Jozep se marchitó como una planta que nadie la riega. Las autoridades se compadecieron de él y dejaron que la siguiera visitando de forma regular en el cementerio. Ocurrió que un tiempo después, de repente, una tarde la muerte llegó para Jozep como una bendición, se cumplió su deseo de morir y de juntarse con su amada en el más allá. Los guardianes del cementerio lo enterraron junto a su esposa , y testigos de las visitas diarias de Jozef a la tumba de Elizabeth, colocaron una silla en la misma tumba, como recuerdo de este entrañable e indestructible sentimiento, así, cualquiera que visitara el panteón, podía ver a aquel hombre sentado en una silla, junto a su amada Elizabeth. Cuenta la leyenda que nadie sabe si esta historia de amor es cierta o no; pero quienes han palpado el desgaste del bronce de la silla del cementerio, como tradición suelen tocarla, porque según dicen: ¡Solo así encontrarán el verdadero amor! Aún hoy en día, desde la silla del cementerio se sigue contando (entre murmullos), silenciosamente… la historia de amor de Jozep y Elizabeth. Y entonces me pregunto: ¿Por qué será que los amores eternos son los más breves?

KULTA KUCHA

LA LAGUNA DE COLTA

En la cordillera de los Andes, específicamente en la provincia de Chimborazo, hay una hermosa laguna que parece un gran espejo de agua, rodeada de una exuberante vegetación, y conocida en lengua puruhá como “Kulta Kucha” que significa “Laguna de Patos”, dicen que hace ya muchos años, impresionó a las tropas españolas que llegaron a estas tierras en tiempos de la conquista; y que en esta llanura a orillas de la laguna construyeron la primera iglesia católica de la Real Audiencia de Quito, destinada a la adoración de la Virgen María como recuerdo a la abadía de la Virgen de Balvanera, en la provincia de Logroño de la península ibérica. Según parece, hace tiempo esta laguna no existía, y en su lugar una gran llanura se extendía a lo largo de estas tierras, bajo la mirada esplendorosa del Taita Chimborazo.

Cuentan que un día tres comerciantes que viajaban frecuentemente desde Tomebamba hacia el pueblo
de Jambato, para vender sus productos en el mercado, llegaron por el camino que los indígenas conocían como el Kapac- ñan, y mientras atravesaban el histórico camino empedrado, rodeado de elegantes paisajes andinos; allá… en la llanura cerca de la iglesia de Balvanera, el sol…a punto de ocultarse detrás de unas nubes negras, los aguardaba ansioso al caer la tarde. De repente, el cielo se oscureció en el lugar, y los comerciantes cansados por el viaje, y sin mucha fuerza para terminarlo de una sola vez, buscaron un lugar donde guarecerse y se dispusieron a descansar en un tambo cerca de la iglesia de Balvanera para reponer fuerzas.

Descargaron la mercancía de la recia mula que los acompañaba, y que de tramo en tramo se turnaban para arriar, acomodaron su pertenencias y las baratijas que traían en la mula, especial cuidado tuvieron con una paila dorada de cuatro orejas, que destacaba entre toda la mercancía, la misma que la acomodaron de pie en la tierra como si fuesen a cocinar. Luego se prepararon a dormir al abrigo de un refugio improvisado, quemando algunas ramas de las muchas que crecían entre los matorrales.

Una vez en el refugio, los comerciantes dormían sin perturbaciones, cuando unas gotas de lluvia sin importancia humedecieron los páramos encantados, que se pintaban con todos los tonos de verde posibles. Uno de ellos soñaba que llovía a cántaros en su Tomebamba olvidada, y que se desbordaron los cuatro ríos, cuyas corrientes los arrastraban. De pronto, sintió unas gotitas inofensivas que le resbalaban por el rostro, causándole un cosquilleo que terminó por despertarlo. El comerciante recién despierto zarandeó con fuerza a sus amigos quienes despertaron alarmados. ¡La mercadería se estaba mojando!, con apremio recogieron todas las baratijas, solo hasta entonces notaron que el agua de lluvia había llenado las tres cuartas partes de la paila…quisieron ponerla a buen resguardo, pero no pudieron levantarla, entonces, respiraron hondo, agarraron con fuerza las orejas del utensilio y halaron con todas sus fuerzas, pero no pudieron alzarla ni un centímetro.

Después de varios intentos por levantarla, tomaron una soga de cabuya, la desenredaron, de un lado ataron la oreja de la paila, del otro la mula, verificaron si los nudos eran resistentes, entonces azuzaron al animal con todas sus fuerzas, hasta que les venció el cansancio. ¡La paila no se movió! ¡No lo podían creer! Los curiosos del lugar ayudaron en el intento de moverla haciendo fuerza entre todos ¡Pero nada! Parecía que el utensilio pesaba lo mismo que el cerro de Cacha. Fatigados por los inútiles intentos de mover la paila, vieron cómo a medida que pasaban las horas, las gotas de agua siguieron cayendo del cielo, tenues pero constantes, veían impotentes cómo el caudal del agua aumentaba con la lluvia, hasta formar un charco… ¡La visión fue impactante para todos! ¡Jamás lo hubieran imaginado!

…de pronto, unos patos migrantes se esparcieron por todos lados, posándose sobre el gran espejo de agua, sin que nadie tuviera referencia de su presencia. Estupefactos y derrotados por la naturaleza, los testigos de este fenómeno no tuvieron más remedio que sentarse a ver llover, mientras miraban cómo el imperceptible charco se había convertido en un pequeño lago. Según cuenta esta antigua leyenda, al pasar los años este lago creció cada vez más, convirtiéndose en una laguna. La paila quedó sumergida bajo el agua, algunos dicen que la paila de cuatro orejas en ciertas temporadas asoma a las doce del mediodía y a las doce de la madrugada

También cuenta la leyenda que esta enigmática laguna guarda secretos íntimos en sus tranquilas y cristalinas aguas, durmiendo entre totoras, con peces de colores, patos, garzas y gallaretas… mientras las personas que habitan a sus alrededores comentan que la laguna mantiene pacto con el diablo. Esta…es una de las misteriosas leyendas de esta bella laguna que conocemos como la Laguna de Colta.

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