Había un sacerdote al que le gustaba salir con varias mujeres después de concluir sus misas

El sacerdote siguió saliendo con varias muchachas solteras, hasta el día de su muerte. Se dice que a su funeral no acudió nadie, salvo el sepulturero. Cuando el enterrador comenzaba a echar la tierra sobre el ataúd, la tapa de éste se abrió, permitiéndole ver que aquel cuerpo no tenía cabeza.
El hombre terminó de hacer su trabajo y luego se dirigió a una cantina en la que les relató a los asistentes lo sucedido. De inmediato hubo quienes afirmaron:
De seguro fue el demonio el que se llevó su cabeza al infierno.

Desde ese momento, el cuerpo del cura vaga por las noches con la esperanza de recuperar su cabeza.