
El escudo de Riobamba tiene una historia muy particular. ¿Quieres conocerla? Cuenta una vieja leyenda que por los años de 1571 a 1575, en el pueblo de Guamote, cerca de la Laguna de Colta vivía un ser con apariencia extraña. “Era un hombre alto, fornido; de cabello, barba y patillas rojizas; ojos pequeños, azules y penetrantes; nariz aguileña, labios finos y mentón saliente, la piel oscurecida por la intemperie.” . Su vestimenta era una especie de abrigo de cuero que le llegaba hasta las rodillas; usaba botas militares que le tapaban toda la pierna, y en la cabeza llevaba un gorro negro de hule sujeto por un cordón a la barbilla.

Los indios lugareños todavía recuerdan que la morada en la que habitaba tan extraño personaje, era casi tan extraña como lo era él; dicen que un día sin saber por qué, apareció de la nada dentro de la frondosidad del bosque andino una casita que ostentaba una arquitectura desconocida para los habitantes de estas tierras y junto a esta, por una de sus entradas yacía siempre tranquilo un caballo morcillo tan raro como aquellos.

Por aquel entonces, muy a menudo durante el día se lo veía merodear por las cercanías de la Laguna de Colta, acompañado de un perro, y recogiendo flores y plantas silvestres que las metía en una bolsa que colgaba de su cuello. También recolectaba mariposas, insectos y alimañas que los depositaba cuidadosamente en una caja que llevaba bajo el brazo. Al final del día y solamente en las noches de luna se lo veía remar por la solitaria laguna, en una pequeña embarcación que él mismo había construido. El extraño de la laguna tenía una relación muy cercana con los indios del pueblo, siempre estaba dispuesto a ayudarlos, con sus conocimientos en medicina, preparando remedios con hierbas, prestándoles sus brazos y dándoles consejos en los sembríos y cosechas.

Los indios lo adoraban, le besaban sus manos suplicando:¡Padre Blanco!.. …. Nunca te vayas de nuestro lado!…. No nos abandones en nuestra orfandad!…”. Sibelius Luther o el “Padre Blanco” como lo llamaban los indios del lugar, llegó desde Austria huyendo de un conflicto familiar, había sido médico en Europa y ahora ejercía su profesión con los indios, y llegó a ser entre ellos una especie de mago que remediaba todos sus males. Pero como era de esperarse, la presencia de este extraño hombre empezó a crear rumores en el pueblo acerca de su vida. Su comportamiento, a diferencia de los habitantes del pueblo, era para ellos reprochable, Silbelius Luther no asistía a las actividades religiosas, tampoco iba a la iglesia, ni siquiera a la misa del domingo; la reacción del clero y las personas pudientes, no tardó mucho en hacer eco, ligaron el apellido “Luther” que decían era el diminutivo de “Lutero” o “Luterano”, por eso empezaron a mirar con ojos de recelo a aquel extranjero que se había metido con su aspecto de apóstol, en el corazón ingenuo de los indios.

Los feligreses le tomaron antipatía porque decían que era un enviado de los sectarios de
Lutero, cuyo nombre causaba rechazo en la Iglesia Católica, la misma que combatía con gran energía a la Reforma Luterana en Alemania, porque la consideraban como una amenaza para quienes engañaban a los creyentes con respecto a la salvación de sus almas.Todas estas situaciones empezaron a manifestarse en acciones hostiles y de rechazo para Sibelius Luther. En los poblados le negaban el pan, la leche, el vino; nadie se arriesgaba a venderle un gramo de harina, ni ofrecerle un jarro de agua. Entonces él, tuvo que pedirlos como una limosna.

Un día en Guamote se acercó a una vendedora diciéndole:
— ¿Pueden darme un pan? Indignada la mujer ante tan extraño requerimiento le
respondió:
— ¿Qué manera de pedir es esa? ¿No sabéis que una limosna se la pide y se la da solo en nombre de Dios? Aturdido el doctor Luther dijo:Es que yo no pido limosna, solo he dicho que ya que no se me quiere vender los comestibles, que entonces
¡me los regalen!.
—Está bien hombre -le contestó la mujer-, pero sea prestado, regalado o vendido, solo os daré si me lo pedís en nombre de Dios. El doctor Luther mirándola con desprecio se apartó
sin decir una palabra. Ella empezó a dar gritos:
— ¡El Luterano!….!El Luterano ha blasfemado!… No quiere oír el nombre de Dios, menos pronunciarlo… ¡Es un renegado. . . . Un hereje!.. .!Está endemoniado!

Por si esto fuera poco, el Reverendo Padre Horacio Montalván ordenó que fuera expulsado de la casa de caridad en la que se había albergado, y decretó la excomunión que se llama «ad vitandum en ambos efectos» para Silbelius Luther, y para aquellos que le mostraran la más pequeña manifestación de amistad compasión. Ordenó que lo apedrearan si se acercaba a la Iglesia, cementerio, conventos y monasterios o a cualquier otro lugar considerado como sagrado. Una tarde el cura Montalván encontró al Luterano en la plaza de la iglesia y lo abofeteó; tan débil estaba el Luterano que rodó por el suelo sin corresponderle, después se levantó y le dijo al cura:
— ¡Ave agorera!… Algún día cortaré esas manos que se levantan injustas contra mí… Poco a poco el Luterano fue alejándose de la ciudad y durante mucho tiempo no se volvió a hablar de él. El pobre hombre ambulaba por los alrededores, pálido, demacrado, hambriento, con la boca sedienta, los ojos hundidos, la barba desordenada , con las ropas sucias y destrozadas; la falta de alimento y la injusticia e incomprensión de los hombres iban envolviendo su cerebro en las sombras de la locura.

Por si esto fuera poco, el Reverendo Padre Horacio Montalván ordenó que fuera expulsado de la casa de caridad en la que se había albergado, y decretó la excomunión que se llama «ad vitandum en ambos efectos» para Silbelius Luther, y para aquellos que le mostraran la más pequeña manifestación de amistad o compasión. Ordenó que lo apedrearan si se acercaba a la Iglesia, cementerio, conventos y monasterios o acualquier otro lugar considerado como sagrado. Una tarde el cura Montalván encontró al Luterano en la plaza de la iglesia y lo abofeteó; tan débil estaba el Luterano que rodó por el suelo sin corresponderle, después se levantó y le dijo al cura:
— ¡Ave agorera!… Algún día cortaré esas manos que
se levantan injustas contra mí…
Poco a poco el Luterano fue alejándose de la ciudad y durante mucho tiempo no se volvió a hablar de él. El pobre hombre ambulaba por los alrededores, pálido, demacrado, hambriento, con la boca sedienta, los ojos hundidos, la barba desordenada , con las ropas sucias y destrozadas; la falta de alimento y la injusticia e incomprensión de los hombres iban envolviendo su cerebro en las sombras de la locura.

Los hombres que estaban en la iglesia tomaron sus espadas y se precipitaron sobre el Luterano, quien cayó mortalmente herido; la empuñadura de una espada temblaba sobre su corazón, pero inexplicablemente de la profunda herida no brotaba sangre…e igual cosa sucedía con las heridas causadas por las dos espadas que tenía clavadas en la cabeza.
- ¡Milagro!…. ¡Milagro!.. .. – decían las voces que se glorificaban desesperadas y llorosas.
- Dios no quiere que este santo recinto sea manchado con la sangre de un hereje blasfemo!…
Después, el cuerpo del doctor Silbelius Luteher fue arrastrado de los cabellos hasta el atrio de la iglesia, de allí lo arrojaron hasta la mitad de la plaza, sacaron las espadas de su cuerpo y ordenaron quemarlo… La gran hoguera que se levantaba trágica en la plaza, no se extinguió hasta bien entrada la noche, poco a poco iba quedando solitario el fúnebre lugar y cuando ya

quedaban solamente las cenizas, los indios llegaron portando una olla de barro cocido, reluciente, misterioso y adornado con dibujos de pájaros y flores. Un numeroso grupo de nativos hizo una extraña ceremonia fúnebre: danzas, gritos, cantos y lloros, en cada vuelta que daban en el baile echaban un puñado de tierra sobre la olla, luego la enterraron en las cercanías de la laguna, cavando muy hondo, con el deseo de que el espíritu del “Padre Blanco” se quedara con ellos bajo las aguas y saliera a bogar en el lago las noches nevadas de luna… Según dice la leyenda, a España llegó la noticia de estos sorprendentes hechos sucedidos en la América. El Monarca Felipe III quiso perpetuar la memoria de ellos, y para recordar el gran celo religioso de los riobambeños y el castigo que dieran al Luterano por su blasfemia, ordenó que el Escudo de Armas de la antigua Villa de Riobamba fuese: “Un cáliz con una hostia encima: dos llaves cruzadas y dos espadas, las cuales dejan en medio el cáliz y se juntan clavándose abajo en una cabeza de hombre”.
